Quedan 27 días. Y sus noches

7 años, largos, tediosos, intensos, nos ha (des)gobernado ese artefacto inestable al que calificó así alguien, que por lo menos aprovechó sus estudios, y viene de familia de intelectuales y de ‘rancio abolengo’ catalán.

7 años en los que la maldad de los tiempos ha querido que Catalunya, España, caigan en una crisis descomunal de la que nadie, cuyos sueldos indecentes pagamos todos, parece estar en condiciones de sacar, al menos a corto plazo. Don Leopoldo Abadía tiene mucho a decir y  enseñar sobre de dónde nos ha venido la crisis. Sus archifamosos Ninja yanquis, sus queridos directores de bancos como el de San Quirico. Sí, bien. Pero hay una trampa. Crisis, la palabra más pronunciada hoy en día, no es solo económica. Cierto que ha dejado, y sigue haciéndolo, a ingentes cantidades de ciudadanos anónimos en la más absoluta y desesperante miseria. Baste ver el sobreesfuerzo que entidades tan arraigadas como Cáritas en España, están haciendo, porque tienen una demanda inimaginable de ‘clientes’ a los que atender. Organizaciones muchas veces solapadas por las ONG que con dudosas funciones obtienen subsidios,  subvenciones y apoyos de arriba, para fines poco menos que frívolos. Eran españoles, eran catalanes, eran cooperantes en su tiempo libre; merecen todo mi respeto, pero ¿qué ha costado al estado español la broma de los tres miembros de Barcelona Activa?. Soy de los que (en sus estúpida inocencia) piensan que mientras en España haya un niño pasando hambre, no hay que irse de excursión a ‘ayudar’ a zona de guerra, por loable que sea la causa. La guerra está aquí, en casa.

Crisis, sí, pero moral, de principios, de actitud; enorme crisis política fabricada, creada, auspiciada y sostenida por partidos ‘tradicionales’ que han hecho del país un cortijo, un reino de taifas, donde cada virrey y mandarín estira de la cuerda hacia su lado, hacia su cartera. Y en la crisis permanente es donde se han establecido, porque saben que es donde tienen su caldo de cultivo, su voto cautivo de gente ignara a la que engañar, y donde tendrán lo único a lo que aspiran: el Poder, con mayúscula.

Mayorías absolutas de la derecha extrema, como la llaman ahora los demagogos, cuando siempre ha sido extrema o ultra derecha maquillada, llevaron a España, un pequeño país que es don nadie en el mundo, a participar en la más absurda y cruel guerra que Junior Bush fabricó. Mayoría absoluta aplastante que ignoró el clamor de la gente. Pero ¿y el clamor de los partidos? A los partidos les importaba un rábano la guerra. Estaban en otra: el desgaste del rival, sacarlo del poder. Salte tú para meterme yo. Porque después ¿qué ocurrió?. España se fue de Iraq, nos ganamos la (honrosa por otro lado) enemistad del completo analfabeto Bush, pero acto seguido la excursión giró hacia Afganistán. Más de lo mismo. Dinero, enormes cantidades de dinero en guerras que no deberían existir. Y aquí… días de vino y rosas al mando de otro completo ignorante, socialdemócrata, eso sí, que ha demostrado solamente una cosa: con tres tardes de economía es capaz de poner a un país entero al borde de la quiebra absoluta. Bien por los buenistas, bien por los progresistas, bien por los leoneses íntegros y que jamás renuncian a sus principios, hasta que un francés pequeñito y cabreado, y una alemana inquietante lo ponen en su sitio y le sueltan aquello tan catalán de “caixa o faixa”. Y se acabaron los principios. Viudas, pensionistas, empleados públicos (y algunos no tan públicos), pagando lo que, si el dinero, ese maldito poderoso caballero, estuviera donde ha de estar y no siendo gastado en subvencionar la desvergüenza, daría para tapar las vergüenzas, valgan redundancias de aficionado. Pero no, un par de ministerios, no eliminados, sino absorbidos, y tan anchos. Buenismo o insensatez?. Copiando a Clinton, alguien debería haberle dicho lo de “es la economía, estúpido” y algún exabrupto más fuerte, porque el hombre tiene más conchas que un galápago.

Sueldos de insomnio, cargos imposibles, embajadas y representaciones de comunidades que ni algunos de sus habitantes sabrían situar en el mapa. Dinero a espuertas tirado, empobreciendo a un país, que jamás, jamás estuvo en la Champions de la Economía, solo en los sueños erótico festivos de un visionario muy mal aconsejado. O bien aconsejado, por quienes, desde la “confabulación y cosmovisión masónica”, pretenden crear un Estado dentro del Estado y así acabar con él y “acceder al gobierno del mundo mundial, no veas!” como vomitó Cesar Vidal en su último libro y explica perfectamente. Debo confesar que me topé con ese libro en una tienda en San Sebastián el pasado verano. Me atrajo el título “La Masonería” y viniendo de quien venía, me hizo gracia y supuse que pasaría un buen y divertido rato. Y así fue, no he reído tanto con un libro desde que me “tragué” tres veces seguidas “El principio de Dilbert”.

Un cambio en la forma de hacer política, empezar a repensar en que es y para que está un servidor público.

Renunciar a creer que si te han votado equis miles de ciudadanos, tienes derecho de pernada sobre sus vidas, y te debes a ellos en cambio.

Escuchar a la gente de pie de una vez, no solo en mítines-montaje teatreros, sino cada día. Saber cuáles son sus problemas reales, los de verdad, no los que ellos fabrican para robar un voto extraviado.

Decencia. Renunciar a agrupar sueldos pagados por mí, que hacen de ellos una caricatura mala del ejecutivo guapo de Pretty Woman.

Acabar con el clientelismo de la subvención.

Tantas cosas que les “suenan bien” pero que evidentemente no están dispuestos a hacer, porque implica que renuncien a un status casi sobrenatural. En el país del pelotazo, de los listos, que no inteligentes; de la cultura del mínimo esfuerzo y máxima rentabilidad.

Quién le pone el cascabel al gato? Todo lo que he soltado casa para España, pero muy especialmente para mi Catalunya, otrora motor y locomotora de España, una de las más potentes regiones de Europa. Hoy páramo yermo y desolado, mangoneado por la suma de tres perdedores, a quienes se les debería poder exigir responsabilidades civiles y acaso penales, no solo desalojarlos del poder con una pensión indecente.

Quedan 27 días; lo peor es que quedan también 27 noches. Dudo mucho que con encuestas en mano, las cosas que de verdad importan vayan a cambiar mucho. Cambiarán las caras, las siglas, el discurso. Se están pegando estos días por “y tú con quién pactas, eh!”. Pactar? Para? Para gobernar mejor para la gente? Ah, no, calla, pactar para que la poltrona aún caliente del enemigo pase a estar bajo mi trasero; la poltrona, el cargo, el sueldo estupendo, el Audi en la puerta, y mi banquero encantado, preparando la “panera de Nadal” para mí.

Votar? Sí, creo firmemente que debo hacerlo. Al menos me da derecho a opinar. Pero visto lo visto, entiendo que en las encuestas cada vez gane más votos el P.A. el Partido de la Abstención. Y eso no puede ser. Responsables? Seamos claros: quienes votaron lo que no debían votar. Así de simple.

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Una respuesta a Quedan 27 días. Y sus noches

  1. Dcoll dijo:

    me ha gustado la nueva entrada de tu blog. Todos estamos desencantados con la clase política y lo que está claro es que se les ve demasiado sus intenciones de conseguir, o mantener la silla. Dicen que el mundo esta podrido. Yo creo que no todo. Solo hace falta que lleguen aquellos que no lo estan , y , lo más importante que si llegan no se pudran con la facilidad de los que hasta ahora nos toman ahora por idiotas.
    Una abraçada amic Jordi.

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