Transfusión de sangre

La sensación de vómito es grande. Como cuando la mezcla de brebajes etílicos era excesiva, y no tenías otra que perderte en un retrete maloliente de cualquier infecta tasca portuaria, y debías dejar rienda suelta a tu maltrecho estómago. Y salías de allí maldiciendo tu juventud desbocada, y tu afición al alcohol barato, pero reconfortado de haber sobrevivido.

Hay gente, gentuza, gentecilla, que son como el alcohol barato y letal. Su simple presencia a menos de cien metros ya genera pústulas ulcerantes. Se disfrazan de corderitos. Tienen la rara habilidad de venderse como ángeles celestiales, no han roto un plato en su vida. Pero, auditor como eres, rascas un poco, solo un poco, y sale la hiel, la pus, la sangre pútrida que corre por sus venas, y que, en extraña reacción bioquímica, se transforma en pensamientos en su (enano) cerebro, y en lenguaje que asustaría a Pérez Reverte, que avergonzaría a Cela. Angeles no, son el Anticristo hecho madre e hijo. Y eso que tú eres agnóstico.

Llevas su sangre, por ley de la naturaleza, aunque sabes que no eres como ellos, y eso les corroe su (enorme, deforme) cuerpo. Eres un cerdo traidor de “la familia”. Te adulan, pero odian todo aquello que tiene que ver contigo. No estás en el círculo vicioso, huiste de Mordor hace 30 años, te aborrecen, a ti y a lo que te rodea, a lo que te ha rodeado siempre. Porque lo tienes sin que ellos hayan dado su plácet. Te saltaste su nihil obstat, su hipocresía, la que tanto abominan en los demás. Aunque siempre te lamen el culo cuando les interesa, con la vana, estúpida, inane esperanza, de que un día volverás al redil, a Mordor, al Lado Oscuro. Tú ibas de espíritu libre, ellos son la encarnación terrenal de Luzbel, el ángel caído, que se transmuta en bella hetaira, en sirena promiscua mintiendo a Ulises. No te fías, marcas distancias, los has sufrido durante años; pero llevas su sangre, algo bueno debía quedar. No queda, todo es hedor. Lo habías pensado, pero constatarlo es penoso; a veces tener razón duele.

Pasan los años, la putrefacción hace su trabajo, la vida corre sin parar; un zulo inhumano les cobija, un anciano desvalido a sueldo del estado les paga las facturas. Lo mantienen como pueden, es la hucha de la que viven, y lo proclaman sin vergüenza. Harán lo indecible por mantener el estado de las cosas. Dictan doctrina, reparten certificados de Bondad y Maldad; se han quedado solos, ni siquiera tú eres nadie, son sordos, ciegos. Pero no mudos, eso es un problema. Una cara enorme que se transforma en un rictus que asusta cuando tratas de hablar. Unas manos huesudas que agitan el aire y golpean tu hombro mientras vomitan su mierda en tu cuello. El anciano mira, no ve, no entiende. Tú, por quincuagésima vez en muchos años, tratas de razonar, que escuchen. Pretendes poner la pica en Flandes, pero chaval, estás al mando de la Armada Invencible. No eres un Almogavar. No hay caso. Luzbel es ciego, sordo, imbécil de nacimiento, tonto de operar, ignorante como cualquier politicastro español. Y homosexual, mucho. No salió del armario nunca, no lo hará. El que no folla, jode. Ni él, ni ella, Bernarda Alba, la Matriarca que imparte doctrina y decide quién es acreedor de su merced. Tú no lo eres, naciste en mal día. Dicen que llovía, debía ser Judas el Sicario aliviándose de las cervezas.

Nunca has esquivado una batalla; y has perdido unas cuantas. Pero hoy tienes claro que la guerra la ganarás. Cruyff lo dijo un día, habiendo perdido por 6 a 2 en Zaragoza: “vamos a ganar la liga”. Ganaron de calle. Hace años. Hoy tú has perdido, la apuesta era fuerte, querías rehacer una anomalía. Luzbel y Bernarda Alba la han empeorado, han agrandado la herida; pero has salido sabiendo que se ha acabado. Ahora todos jugaremos con las mismas cartas. No mercy. No habrá sangre compartida que te engañe. El tiempo juega a tu favor. La vida es tozuda, y se lleva a la gente. No tardará Azrael en hacer su trabajo por la triste calle de tu pueblo, donde habitan. Y ese día todo habrá acabado; la hucha se habrá roto. El anciano hará un corte de mangas soberbio. El auxilio social será la última oportunidad, si lo hay. Soledad, miseria, física y mental; no habrá nadie con la misma sangre al lado. Tú no estarás, te han echado; tu teléfono podrá sonar hasta agotarse, no habrá respuesta. Quid pro Quo.

No mereció la pena, no lo sabías; no la merece ahora. Lo tienes claro. Hay gente que solo genera desprecio, aunque lleve tu sangre. Te entran ganas de escribir y hablarles diciendo todo lo que llevas dentro. Lo merecen, pero no vale la pena ensuciar una pantalla con estiércol. Lo olvidarás, lo meterás en un rincón remoto de tu disco duro, como tantas veces has hecho, pasarás por encima y seguirás tu camino. Sin ellos, con sangre trasplantada. Sabiendo que no eres tú la anomalía, la anomalía son ellos, Luzbel y Bernarda Alba. Se pudrirán en el infierno, Belcebú sufrirá su indeseable presencia por toda la eternidad, y se quejará a San Pedro por endosarle semejantes huéspedes. Y el anciano, haciendo una pausa en su partida de ajedrez, que le estará ganando a Capablanca, sonreirá.

 

 

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