Vuelta a la Miseria. Con mayúscula.

En el Cole.

Colegio Rius y Taulet, Plaza Lesseps Barcelona. Escuela pública, “colegios del Ayuntamiento” les llamaban por entonces. Año 1.969. O 1.970, qué más da.

El rubito esperaba en el patio de la entrada a que abrieran puertas. Era ya invierno barcelonés, fresco y húmedo, muy húmedo, como siempre. En el guirigay de chavales, el rubito se fijó que un compañero iba con zapatillas. Felpa, aquellas horribles pero confortables zapatillas de toda la vida, de estar por casa. Bueno, bonito, barato. Las 3B de siempre. El rubito aún recuerda la zapatería de la Calle Bailén.

Eh! No llevas zapatos? O ‘bambas’? –preguntó curioso. El rubito era Sagitario, preguntón, chafardero, metepatas. Mil años después lo hicieron auditor de sistemas de calidad, por pesado.

Noooo… me pongo zapatillas. Como hace frío mi madre me dice que así llevo los pies calientes.

Ah…     -el rubito pensó qué buena idea. El rubito era de los que se entusiasmaban con todo lo nuevo.

Llegando a casa corrió a sus padres. ¿Sabéis qué?.  No quiero ir al cole con zapatos, con zapatillas se está más calentito!!.

Su padre, paciente, sabio, enorme hombre todo bondad, le dijo: “Mira, rubito, tu compañero va con zapatillas porque seguramente sus padres no tienen para comprarle zapatos. Deberías estar contento que los tuyos, al menos zapatos sí pueden comprarte. No lo olvides”.

El rubito, contrariado al principio, pensó después. Qué pena. No puede llevar zapatos. Como en realidad era poco listo, pero sí inteligente, concluyó que algo así debía ocurrirle a otro compañero, de cuyo nombre aún se acuerda, pero no lo dirá. Ese otro compañero presumía de ir al cole con DOS gruesos sueters sobre su camiseta de manga larga, sin abrigo. Con lo que le molestaba al rubito el abrigo, a la hora de jugar a fútbol en la Plaza Lesseps. Envidiaba al compañero que NO llevaba abrigo, sino DOS sueters, lana, tipo “Shetland”. De toda la vida, también, con coderas que tapaban las consecuencias del paso de un sueter por manos de un niño.

Miseria. Penalidades. Casi hambre. La España, la Barcelona en blanco y negro, que por aquellos años pugnaba por sacudirse una dictadura ya demasiado larga. Y ver salir el Sol. Faltaban unos pocos años aún. Años después, el rubito advirtió que aquellas escenas se habían grabado a fuego en su cabecita infantil, pre adolescente. Agradecía el enorme cambio que había experimentado su país, y el país colonizador que hablaba sólo en español.

En Casa.

La madre entró hecha una furia. Era habitual. La típica ama de casa, semi analfabeta pero lista, larga, lagarta; criticona con todo y con todos. Defensora a muerte de “los suyos”.

Pues me he encontrado con la gallega en la carnicería!

“La gallega” era una vecina, del ático. Familia de gallegos emigrados. Matrimonio con dos hijos, algo mayores que el rubito. Buena gente; el padre, ayudante de cocina en el Ritz, el mismo futuro que un porro a la puerta de la facultad de Filosofía de la UAB. Humildes, como todo el edificio.

Y qué ocurre con la gallega? –el padre del rubito siempre hablaba con voz pausada, impartía quietud siempre. Era grande.

Pues que va la muy zorra, y compra 200 gramos de carne picada, “para los nenes”, dice; y 4 costillitas de cordero, sobre todo con muy poca grasa, “para Miguel”.

Miguel era el padre, el gallego. La madre del rubito solía llamarle “el Marqués”, por las ínfulas que se daba. “Se cree que es el maitre del Ritz”.

Se puede ser más miserable!. Para los nenes, mierda, para el sátrapa del marido, lo mejor.

El rubito oyó la conversación. Años más tarde, cuando el rubito y su mujer iban “al mercado” con su (también rubito, rubísimo) hijo, a comprar la comida, y viendo que ellos compraban siempre lo mejor y más caro para el niño, recordaba aquella lejana, penosa conversación de su antigua casa.

Penuria. Dinero escaso, demasiado escaso. Obreros sin dinero. El ‘procurador’ cada mes llamando a la puerta, para cobrar el misérrimo alquiler, un edifico humilde. Muchos años más tarde, aquel edificio está casi en ruinas, ocupado por un par o tres de los antiguos vecinos. Los gallegos, jubilados hace años, ya desaparecieron. El resto, emigrantes rumanos o magrebíes. El último susto, una plaga de ratones en los bajos. Calle Del Cardener, Gràcia Divina. Barcelona, año 2012.

Hoy.

El rubito se hizo mayor. Su pelo rubio ya ha oscurecido un poco. Se alegra que lo ha heredado su hijo. Veinteañero. Jamás pensó el rubito que reviviría momentos ya olvidados, de su país, de su ciudad. Que la España más negra se adueñaría de su país, una vez más. Que lo que no pudo el dictador asesino, lo ha podido la casta. La casta política, la casta banquera. La ineptitud y voracidad sin límite de iletrados con carnet de partido. A un lado y otro del Ebro, donde el rubito, de niño, recogía casquillos de balas de la guerra civil, acompañando en sus labores de labriego a “lo tío Pepe”.

Al rubito se lo llevan los demonios cuando se oye a sí mismo recomendado a su hijo que se largue del país. Que use sus cuatro idiomas y sus estudios, y escape de la miseria que vuelve. Que busque un futuro que le han robado, a su generación y a la de gente como sus padres,  que creció en la humildad, pero que, sin vivir por encima de sus posibilidades, labró algo mejor que lo que tenían sus padres.

Y el rubito se pone enfermo de ver como le han mentido, robado, estafado, engañado. Cuatro, o cuarenta mil sinvergüenzas. Un tal Francisco Hernando, alias Paco El Pocero sería un buen ejemplo de esa clase de gentuza. Pero hay muchos, muchísimos, demasiados chorizos para la paciencia de un ciudadano, al que le roban a diario y le dicen que es por su bien.

Y el rubito un día creyó que los políticos de su país eran diferentes a los del país colonizador, el que sólo habla un idioma. Se equivocó, una vez más. La casta habla distintos idiomas. Unos huelen a Brummel rancio castizo. Otros, ribereños del Mediterráneo, huelen a Hugo Boss de últimísima generación. Pero todos son la Casta. Colonia, pero no desodorante. Las hienas insaciables que sí viven por encima de sus posibilidades. Mejor dicho, por encima de las posibilidades de los impuestos del rubito. Al rubito se le desata el Barret (hernia de hiato con estudios superiores), cada vez que recuerda que su principal representante (por decir algo) en Madrid, vive a cuerpo de rey en un hotel de 5 estrellas en la Villa y Corte. Y que se ofende cuando un periodista incisivo se lo reprocha. Debemos darle gracias. Encima. “Entre bueyes no hay cornadas” puso Quino en boca de Mafalda. Preclaro.

Penalidades. Miseria. Casi hambre. Ladrones, Lazarillos de la España negra. Buscones con corbata Hermès. Escritores del 27 tirados a la basura. Una nación de naciones esquilmada por nibelungos. Y hoy, en manos de la Carolingia de Enric Juliana. En paralelo, unos ilusos patriotas (muchos de fin de semana), jalean una independencia del colonizador, que saben, mejor que el rubito, no llegará. Nunca. O sí; porque tal vez hoy, mientras el rubito escribe, en Europa han decidido acabar con todo este estado de cosas. El rubito sigue siendo muy escéptico. Pero a lo mejor hay esperanza. Para su hijo; para él ya no la espera.

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